domingo, 19 de mayo de 2013

Lo que contó la difunta


Cuidad de México, antes capital de la Nueva España, cuidad prodigiosa en leyendas y sucedidos espantosos como este que vamos a relatar. Este sucedido puso los pelos de punta a los habitantes de la colonial cuidad, y aún hoy sobrecoge el ánimo.
La leyenda se inicia en un lúgubre convento, el de las Capuchinas; en el siglo XVII, cuando aquella casona sombría estaba rodeada de un alto muro, ¡cuántas cosas misteriosas sucedieron en aquellos recios conventos; hechos que quedaron encerrados tras sus altos muros!
El convento estaba precisamente en la calle llamada de Capuchinas, hoy Venustiano Carranza; durante la época de la Colonia, esta calle era triste, estrecha, ensombrecida por altos edificios conventuales… ¡y el silencio!. Ahora que ya conocemos el convento, quiero hablarles de una colección de los terribles instrumentos que utilizaban las monjas en sus disciplinas conventuales, ¿piensan que hay hoy una mujercita, capaz de resistir un cinturón de garfios acerados, torturando sus carnes? o ¿podría asegurarme una chica de hoy, poder recibir veinte latigazos?, claro que no, y menos podrían aceptar que había tremendos castigos, como ¡cortarle la lengua a una monja! ¿lo creen?
Escuchad pues la leyenda que con gran verdad y sentimiento, escribió la vieja monja Salustina; se refiere a lo que ocurrió en el convento, de las dulces madres capuchinas.
Se trata de un suceso envuelto en el misterio, que con notas de terror y de salterio nos ha dejado la colonia. En fila procesional iban las monjas; la luz de sus velas las bañaba en oro; los claustros ha tiempo estaban en las sombras; y ellas, calladas y tenues, iban hacia el coro… descalzas, sin choclos ni escarpines; con la vista al suelo misteriosas; por los muros, en que había pintados querubines, se iban untando aquellas religiosas, ¿qué ceremonia ritual se celebraría a esas horas?, ¿por qué las mandaban formar las superioras?; en medio del recinto abovedado, próxima a ser escarnecida y flagelada, yacía dulce y demudada novicia al frente del Cristo Ajusticiado…
La Madre Superiora se adelanta, y leyendo un viejo papel garrapateado, grita en una voz que insulta y canta, que van a castigar a Sor Mirtel por un pecado; en los ojos de las novicias hay miedo y azoro, y al sentarse en la alfombra sillería, que es como de un teatro de elevada galería, ven que no solo para cantar sirve el coro y acto seguido, sobre esa carne virginal y pura, caen azotes, que causan dolor y amargura; así se azotaba solo a los galeotes; la monja resiste los tormentos más cuando los golpes se tornan más impíos, salen tristes lamentos de sus labios fríos; se azotan con temor escapularios, la monja vieja azota con inquina y la luz de inquietos tenebrarios, cae una y otra vez la disciplina; y al fin todo termina, yace la novicia sobre el suelo y sin que nadie se apiade de ella, muestra como Jesús, una llaga en el costado.
Se tornan a bajar esos espíritus cristianos; y en la fría y silenciosa lobreguez, solo se acierta a ver temblor de manos y en los rostros mortecina palidez; saben que antes de maitines como sucede miércoles y lunes, las monjas solían rodarse en unas plantas espinosas que eran puestas en el piso; y una a una, las monjas que violan las duras leyes conventuales sufren dolores sin recato, mientras piensan en cosas celestiales; más amanece y termina aquel calvario, felices las monjas capuchinas van cada mañana al confesario como parvadas de alegres golondrinas; después llega la tarde, brilla el oro tras las montañas, ya no arde el sol, por lo que las monjas van al coro musitando triste letanía se acomodan, y hay en su rostro, y en sus manos luz de luna cuando llenan aquella sillería, suenan entonces voces de oro, junto al cascado canto de las viejas y de esos cantos, hay uno muy sonoro, que tiene mucho de dolor y quejas, pero a pesar de todo era una voz muy hermosa, pero por más que las monjas buscaban la voz angelical, jamás descubrieron a su dueña; y después de tanto investigar, un día, la madre juró que contaría a las monjas al bajar y que sorpresa se llevaría que cuando terminó eran 67 novicias, siendo que deberían ser 66; acto seguido corre a avisarle del recuento a la vieja abadesa del convento, sorprendida, pensó que era un error de la hermana y le pidió las contara otra vez al otro día.
La noche siguiente fue de azoro y de temor general, pues la dulce voz fantasmal, volvió a escucharse en el coro; con que emoción, con que ternura, ¡que tesitura tan bella!; terminada la hora del coro la vieja monja se situó en la puerta y con cuidado contó; trémula cual si hubiera visto llegar su hora, fue a la madre superiora, a repetir la noticia y la primera le juró a la segunda haber visto en la fila sor Luisa del Sacramento, la cuál había muerto años atrás; la superiora, pensando que la madre había alucinado la mandó a sus aposentos y rezara unas oraciones, quedándose la superiora nada serena.
A la mañana siguiente, la madre escuchó una voz que de murmullo y encanto tornábase en llanto y en queja a Dios, y cuando ya iban a bajar del coro se fue hasta la puerta y se dedicó a contar y para salir bien de dudas, la abadesa testaruda siguió a las novicias a sus celdas, hasta que vio a una que no entró a sus aposentos, sino que se siguió a lo largo de un pasillo largo y oscuro; resultó ser cierto que sobraba una monja, que toda unciosa y silente, se alejaba por la fuente, bañada de luz de luna; parece que no camina, como tenue lampadario, va la monja capuchina ¡se oye el rumor de un rosario!. Para aclarar el misterio la madre la sigue y ve que cruza la reja del panteón; es noche tranquila; y hay penumbra en el huerto y a lo lejos una esquila parece doblar a muerto, la novicia misteriosa llega al camposanto y entonces un llanto de dolor y de tristeza la abate, se detiene ante una cruz, y la abadesa decide, bajo la luna y su luz, preguntarle si era del mundo de los vivos ó los muertos.
La monja desconocida comenzó a hablar con su voz que sonaba a salterio, queda, dulce, argentada, más no se aclaraba el misterio ¿quién era esa novia con la cabeza inclinada? La abadesa decidida, sin ninguna dilación, decide tomar medidas para una declaración, entonces la monja comienza a relatar su triste historia: en vida, tan hermosa como huraña y llena de liviandades, a mil hombres de Nueva España, burló con frivolidades, no hubo mujer pizpireta y coqueta, ni con mayor desenfado, engañó a más hombres mujer alguna; les mostraba ternura y les fingía gran cariño, amándola con locura; heridos de amor y con celos y por ella llorando, despachó a muchos hombres, algunos no pudieron con la pena y se suicidaron, de repente su vida dio un repentino giro cuando un apuesto caballero, llamado Pedro Lastey que tenía bruscos modales con sus criados; la mujer loca de amor le envió una carta y al día siguiente unos regalos, pero a pesar de todo el la ignoraba, desesperada le enviaba cartas, cartas y más cartas; hasta que un día fue a buscarlo a su casa, la mujer nada consiguió más que rechazo y humillaciones. Con el corazón roto se fue a su casa, y por tres meses se la pasó encerrada sufriendo por aquel amor no correspondido. Un día fue a la iglesia a confesarse, viéndola todos por primera vez con los ojos anegados en lágrimas; y casualmente ese mismo día su amado se casaba en el templo de la Profesa, viendo que se festejaba con mucha pompa; triste se fue la muchacha a su casa, sabiendo que ya no tendría esperanza alguna, se fue a su casa llorando su desventura, a tal punto que un día para olvidar se sumió en el vicio y en los excesos, sin encontrar consuelo en brazos de otros hombres; decidió un día ir a tocar las puertas del convento, entregándose a la fe cristiana, pero aún así ella seguía pensando en aquel doncel y para expiar su culpa todas las noches se sometía a severos castigos en su celda, los cuales eran los latigazos y revolcarse en espinas e incluso quemarse las manos con una bujía. Un día le rogó a Dios se la llevara de éste mundo para no sufrir más y dicho y hecho, a los pocos días cayó víctima de una enfermedad y murió en diciembre de 1670; y así terminó su relato la monja pecadora de desacato.
La muerta en aquel momento deja de estar inclinada y al lanzarle una mirada, grita la abadesa al ver su rostro descarnado, le otorgó en perdón y rezó por el descanso de su alma, pensando que así obtendría su descanso eterno, pero dice la leyenda, que hasta el año 87, fueron las monjas del coro, 67. ¿Cuándo dejó de penar la fantasmal capuchina?, no lo llegó a comprobar la escribana Salustina, ni ella ni nosotros; aún en éste siglo, hay quienes juran que en la mitad de la calle de Venustiano Carranza, donde antes se levantó el coro…
Se aparece sor Luisa, la monja pecadora ¿Quieren comprobar esta leyenda?, entonces los invito a las doce de la noche, recuérdenlo, donde estuvo en convento de las Capuchinas.

jueves, 16 de mayo de 2013

El convento de las monjas Capuchinas



El convento estuvo en la calle de Venustiano Carranza, esquina con Palma. La orden religiosa fue fundada por Santa Clara; pero fue mucho tiempo después cuando las religiosas llegaron a México dedicaron su templo a San Felipe de Jesús. Por desgracia el templo fue demolido con las Leyes de Reforma, y de el no queda rastro alguno de sus existencia. Solo sabemos que estuvo en pie por las fotos y datos históricos.

domingo, 12 de mayo de 2013

La educación de las mujeres en Nueva España


La educación femenina estaba a cargo de las amigas, quienes eran ancianas que se encargaban de impartir las nociones más básicas en religión, lectura, escritura y labores manuales. Durante la época de la colonia no se hizo ninguna modificación a las normas para poner en regla a las amigas, en donde se establecía solamente que no tenían permitido ingresar a esos centros educativos a los niños varones, prohibición que nunca se cumplió al pie de la letra. 
Para abrir una amiga, la aspirante debía pedir una licencia por escrito para poder ejercer la profesión, al Juez de Informaciones de Maestros de Escuela. Dicha solicitud debía ir acompañada de una certificación del párroco de estar instruida en la Doctrina Cristiana, un papel del confesor que la acreditaba como una mujer de buena vida y costumbres, y la fe de bautismo para justificar la limpieza de sangre.
Ya para el año de 1779 había en la ciudad de México un total de 24 maestros de escuela examinados y 7 sin examen; comparativamente el número de maestras amigas los rebasaba por mucho, pues tan solo en los cuarteles mayores primero, tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, según datos estadísticos,  llegaron a la cantidad de 91 escuelas. La población escolar, tomando en cuenta que en las dieciocho escuelas del cuartel mayor primero era de cuatrocientas y ocho niñas, se puede llegar a la conclusión de que aproximadamente, en las amigas de la capital de la Nueva España, a fines del siglo XVIII había tres mil pupilas.
Durante toda la centuria se le dio mucha importancia a la pureza de sangre para poder adquirir el título de maestro, y solo llegaron a tenerlo un total de ochenta personas en el transcurso de un siglo. La enseñanza en general no se puede asegurar que haya caído en un punto de decadencia, pues nunca despuntó en todos los siglos que duró la colonia, siempre fue mala. Don Rafael Ximeno, Maestro Mayor del Gremio, en un escrito del  6 de agosto de 1791, decía los siguiente: “El arte de leer el escribir se hallaba muy abatido por la falta de buenos maestros y de método uniforme y que había que desarraigar muchos abusos que la misma ignorancia e inhabilidad de los malos maestros ha introducido y son perniciosos a la enseñanza.”
En un informe que rindió el virrey don León Ignacio Pico en el año de 1817, sobre la calidad educativa dijo: “Es en efecto lastimoso el estado en que se halla la instrucción pública de la niñez, y pone en tortura a todo padre cuidadoso sin saberse que hacer, ni a quien entregar a sus hijos, cuando comienzan a entrar en la edad de ser enseñados.”
Había una gran cantidad de maestros de los examinados y aprobados, que debían ser sometidos a pruebas nuevamente, pues estos exámenes se habían convertido en todo un lucro que el maestro en cuestión no podía pagar (setenta pesos); tanto dinero para que solo le hicieran unas cuantas preguntas ridículas. Era casi imposible hallar como mínimo a seis maestros verdaderamente instruidos en las letras y los números, por desgracia, los que salían perjudicados eran los pobres niños, que adquirían hábitos equivocados que luego con el paso de los años era muy difícil desarraigar.
En cuanto a las maestras de amiga, eran casi todas unas ancianas de los más ignorantes o fanáticas o visionarias, sin educación y sin principios, que solo ejercían este oficio porque no tenían otro medio de que subsistir, y el único requisito que necesitaban era querer hacerlo.
En las escuelas pías (caridad), como parroquias y conventos, por lo general tenían instalaciones bastante malas, para dar clases se buscaban al primer charlatán que le aquejara el hambre y que no le quedara otra opción mejor.
En las escuelas, aún en las más formalizadas, se  les enseñaba a pintar la letras y a memorizar el Catecismo; se dice que de vez en cuando los maestros les explicaban a sus alumnos, lo que si era muy raro es que les importara su aprendizaje, a la mayoría no le importaba el nacer de las ideas en sus pequeñas mentes. Donde sí los torturaban era en algunos tratados geográficos y en las matemáticas.
A principio del siglo XVII, los que más se habían esmerado en aprender a leer, escribir y contar, fueron los indios, mulatos y negros; quienes se esforzaron en que sus hermanos de raza también adquirieran esos conocimientos. Como la mayoría de la población pertenecía a estas castas, el virrey de Zúñiga quitó la prohibición de estos individuos a dar clases, por lo que ahora ya podían ejercer todos por igual la profesión de maestro, sin ninguna limitación para presentar los exámenes de aptitudes.
Las Ordenanzas dieron mucho peso en la enseñanza de la escritura, al rezo del Catecismo y las prácticas devotas; fue en error que prevaleció durante mucho tiempo, el creer que con estas enseñanzas el problemas moral del hombre y la familia estaban resueltos. La educación de las mujeres en las amigas, lo único que hizo fue fomentar el fanatismo y la ignorancia, que después transmitían a sus hijas; las ancianas que tenían una amiga enseñaban a medio leer y nunca a escribir, para que las mujeres no pudieran comunicarse con sus novios. En cambio les llenaban la cabeza depuras tonterías: los milagros de los santos, los difuntos aparecidos, las profecías de la Madre Matiana, las profecías de San Malaquías y las maravillas de San Pedro Claver, entre otras más, que lo único que conseguían era tener generaciones de personas atormentadas, en el día con la ira de Dios, y en la noche con temor de la ira del demonio y los muertos en pena. Para principios del siglo pasado, los sueldos diarios de los maestros eran de cincuenta centavos diarios, con lo que vivían en la más absoluta miseria.  
Durante la época de la colonia los betlemitas eran los leones, con una teoría que en ese tiempo resultó de lo más innovadora: La letra con sangre entra. Algunas de las sentencias con las que trabajaban estos religiosos en su labor educativa, era:

  • El rigor es el manjar con el que se debe alimentar a la juventud.
  • Los maestros son tan respetables en la tierra como el mismo Dios.
  • La sabiduría no se adquiere sino a fuerza de castigos.
  • El niño que desobedece a su maestro se hace reo de las penas del infierno.
  • La pereza es un vicio que  no se destierra sino con los azotes.
  • Los azotes, aunque lastiman un poco el cuerpo, dan salud al alma.


Seguían otras sentencias tan claras y “consoladoras” como las citadas arriba, y los pobres muchachos, mientras copiaban esas horribles frases, alzaban la vista y veían con el corazón encogido, las disciplinas que imponían los frailes.
Durante el mandato del virrey Revillagigedo, hubo en gran avance en materia educativa, pues con él se empezaron a establecer escuelas pagadas con el fondo oficial; escuelas que eran llamadas reales o del rey, con cuya denominación se conocían todavía a fines del siglo antepasado. Lo malo es que había muy pocas y mal servidas.

  

domingo, 5 de mayo de 2013

El Tesoro de la Candelaria



ESTA LEYENDA ES COLABORACIÓN DE GUILLERMO FÉLIX, UN APASIONADO DE LAS HISTORIAS Y LEYENDAS DE NUESTRO MÉXICO



Esta leyenda ocurrió en lo que hoy se conoce como La Candelaria de los patos en el año1584 en el convento de la Merced, ahí vivían los monjes Mercedarios y entre ellos el fraile llamado Cipriano de Almaraz, que tenía fama de dormilón y astuto.
Un día, mientras los religiosos se reunieron para hacer su rezo vespertino,Cipriano se quedó dormido y encerrado en el coro de la iglesia, de pronto, cerca del lugar pasó un caballero, el fray le gritó desde una ventana para que lo ayudara a salir pero éste hizo caso omiso, segundos después el monje se sorprendió ya que aquel hombre entró flotando al templo.
El caballero era un fantasma y el viejo Fraile le pidió que no le hiciera nada, el espectro respondió que tendría que hacerle un favor y lo convenció al decirle que sabía dónde estaba escondido un tesoro, al oír esto Cipriano se desmayó; al día siguiente encontró a otros frailes y les contó lo que le había sucedido, no le creyeron, pensaban que había sido un sueño.
Tres noches después, mientras dormían, a Cipriano se le apareció el fantasma de aquél caballero y le dijo: “Fray ¡Vamos por ese tesoro del que te he hablado! Te llevaré cargando en mí espalda hasta el puente del rosario y ahí lo verás enterrado”, el viejo fraile accedió, pero al llegar al puente y ver la laguna, decidió que no lo desenterraría pues sus fuerzas ya no eran suficientes.
Durante tres días seguidos el fantasma llevó a Cipriano al puente, éste no quiso sacar el tesoro. Días después el fraile cayó enfermó y posteriormente murió, consta en algunos libros que falleció de espanto y que nunca quiso desenterrar el tesoro.
Días más tarde, en una noche fría mientras un indio cazaba patos en la laguna del puente Rosario, se le apareció el fantasma y le dijo; “Estoy aquí para ayudarte, yo te haré inmensamente rico”, le explicó cómo sería esto y lo llevó a donde estaba el tesoro enterrado. Le pidió que sacara el dinero puntualizándole que la mitad de lo que había ahí sería su recompensa, la otra mitad se la daría al clero para que hicieran misas en su nombre y así su alma pudiera encontrar el eterno descanso.
El fantasma desapareció y el indio, al encontrarse solo ignoró las instrucciones que el ente le había dado, sacó un poco de dinero y lo despilfarró. Las noches siguientes el hombre regresaba para sacar más dinero, gusto que le duró poco, porque un día, al dirigirse al cofre, escuchó una voz que le decía “¡No toques más ese cofre, no seguirás robando mí oro!” A lo que él respondió: “Ahora sí cumpliré la promesa”, el fantasma le dijo: “Antes de eso cárgame en tu espalda y llévame hasta una iglesia”.
En el lugar el indio escuchó nuevamente al fantasma: “No me bajaré de ti hasta que le entregues al padre del templo la mitad del dinero y le digas que haga las misas en mí nombre o de lo contrario te pesará”.
La mente del indio comenzó a trabajar y pensó que no cumpliría las indicaciones de esa alma maligna, sólo le pediría al padre que hiciera las misas y el dinero sería para él, el fantasma leyó su mente y le dijo; “¡No, ni lo pienses, debes cumplir con todo lo que prometiste! O jamás me bajaré de ti”. El indio corrió por las calles asustado y gritaba: “¡Quítenme este fantasma, por el amor de Dios!”, la gente pensaba que estaba loco, pero un día el indio no aguantó más, quedó inmóvil y murió.
El fantasma deambulaba cerca del puente, unos dicen que cuidando su tesoro y otros que en espera de que alguien desenterrara el cofre para ponerle fin a su eterno penar; por este motivo los Frailes decidieron construir una capilla frente al puente y así alejar al fantasma, los indios no dejaron de cazar patos en ese lugar, pero después los habitantes de la Candelaria fueron azotados por la mala época conocida como: el Matlazahuatl o viruela negra.
Según la historia esa zona quedó insalubre y deshabilitada. Fueron tantos los muertos que el clero decidió construir ahí un cementerio y en 1737 la Candelaria de los patos se convirtió en un campo santo, hoy conocido como San Lázaro. Siempre quedó la incógnita de que si quienes enterraban a los muertos habían encontrado el cofre, se dice que posiblemente nadie lo encontró o que quedó enterrado en alguna parte de la candelaria de los patos.

domingo, 28 de abril de 2013

La casa del niño quemado




Pavorosa y sobrenatural es esta leyenda cuyos sucesos no pueden explicarnos sino los mismos seres del más allá; en los escritos de Riva Palacio y Luis González Obregón, así como en documentos del Archivo General de la Nación, se han encontrado los elementos necesarios para llevar a ustedes amigos lectores esta leyenda.
Hasta el siglo pasado existieron las ruinas de esa casa, en lo que hoy es esquina de Bucareli y Avenida Chapultepec, desde lo que fue campo florido hasta más allá delo que hoy es Niza apenas si había unas cuantas casonas, una ellas que fue la que construyó el conquistador Pedro Soto. Muy cerca, casi en frente de la casonaderruida que se encontraba precisamente en donde hoy hay un edificio de la época del Porfiriato y que ocupa en la parte baja una cantina.
Corría el año de 1717 cuando llegó a la Nueva España don Eulogio de Olivares y Tafoya trayendo consigo a su esposa y su hijo Ambrosio de once años; esta familia iba a habitar la casona que fuera de Pedro de Soto; pero al cruzar el carruaje frente a la casa en ruinas un hálido siniestro se dejó sentir, pero no habían avanzado unos metros cuando el chico presintió lo sobrenatural, así fue como los hipersensibles oídos del niño percibieron lamentos ultraterrenos; este volvió hacia su madre atónito, acto seguido miró hacia el bosque y creyó percibir algo. Los padres hicieron caso omiso a lo que les decía el muchacho. No pasó mucho tiempo cuando finalmente la familia llegó a la que sería su nueva morada que era una casona hermosa y enorme; los recién llegados cenaron y se aprestaron a descansar de tan cansado y largo viaje, sin saber que a partir de esa noche sus vidas cambiarían.
Serían poco después de las once de la noche cuando el chico, por las emociones del viaje no pudo conciliar el sueño, y en ese momento se figuró escuchar débiles susurros que arrastraba el viento, fueron ayes dolientes y lastimeros que parecían emitir la misma noche, con lo que Ambrosio experimentó un sobresalto. Los lamentos cada vez se escuchaban más cercanos, más dolientes y obligaron al muchacho a cercarse a la ventana; pero sus ojos vivaces e inquietos solo vieron sombras presintieron una rara presencia entre el follaje; entonces el viento arrastró los lamentos y aquella presencia se convirtió en un susurro que opacó el misterio de la noche, y sin poder dormir esperó vestido hasta que llegara el día siguiente sin decir una sola palabra a sus padres.
Poco antes de la media noche los lamentos lastimeros se volvieron a escuchar y Ambrosio se levantó rápidamente, salió de su casa y se lanzó hacia el bosque en persecución de quien se lamentaba tan dolorosamente, pero no veía a nadie y a pesar de todo sentía su presencia. El chico seguía corriendo y bajo sus pies se podía escuchar el ruido de la hojarasca y los susurros lastimeros en el silencio de la noche en el soplar del viento, siguió su camino hasta que sin darse cuenta llegó hasta aquella casa quemada que hubiera visto al ir en el carruaje. Allí, frente a la puerta cuyas maderas habían sido consumidas por el fuego, volvió a escuchar aquel lúgubre lamento.
Al día siguiente muy temprano un criado llevó ante sus padres el cuerpo inerte del pequeño, relatando el primero que lo había encontrado desmayado en el bosque mientras buscaba leña.
A partir de entonces el niño se levantaba noche a noche y seguir la dirección de los dolientes ayes, y cada mañana era encontrado dormido ó desmayado frente a las sucias ruinas; tal cosa tenía a sus padres profundamente preocupados pues creían que la criatura era sonámbula; pero lo curioso fue que durante esos días el niño jamás mencionó que era lo que había visto u oído, pero lo cierto es que su salud desmejoró y cuando se le vigiló de modo que no pudo hacer más escapatorias nocturnas, esto provocó que cayera en cama con una fuerte fiebre repitiendo cosas sobre un pobre niño atormentado que no podía obtener el perdón de alguien.
Los padres del chico hablaron el doctor y este les relató la historia de un alma que lleva mucho tiempo atormentada, vagando por aquella casona abandonada y que la única forma de curar a su hijo era ayudando a aquella alama en pena. ¿Quién ni es capaz de hacer por un hijo cuanto sea preciso?, pues eso hizo don Eulogio y se lanzó esa noche al bosque con un farol en la mano dispuesto a averiguar que era aquello que perturbaba la salud de su hijo; no pasó mucho tiempo cuando llegó a pocos metros de la casa quemada y se situó cerca de un árbol para poder espiar de cerca. Poco antes de la media noche, la débil brisa nocturna llevó a sus oídos unos débiles quejidos; acto seguido se puso de pie, dispuesto a averiguar quién vagaba por el bosque. Las débiles pisadas sobre la hojarasca se fueron acercando llenando de inquietud a don Eulogio, de repente en ese momento sintió que junto a él pasaba ese “alguien” que se convirtió en una ráfaga helada de aire de ultratumba que lo llevó hacia la casa quemada; en ese momento el hombre escuchó como si escaparan de la puerta calcinada aquellos gemidos lastimeros y acto seguido un impulso temerario y de ansiedad lo lanzó hasta la puerta misma de la casa quemada, y gritó a los cuatro vientos, pero solo obtuvo como respuesta un silencio sepulcral, solo el viento que movía el follaje y levantaba las hojarascas ¡nada más!.
Al día siguiente apenas llegó el médico, don Eulogio le relató todo lo sucedido; esa misma noche ambos se hicieron acompañar de un criado y colocaron una serie de faroles para ver si el espectro se manifestaba, este último sintió temor y pidió autorización para retirarse. El médico y don Eulogio se quedaron solos en el bosque aguardando la llegada del ser que gemía, pasaba el tiempo y comenzaban a sentirse desesperados cuando cerca de la media noche percibieron aquel susurro, alguien se acercó lanzando al aire de la noche dolorosos gemidos, los pasos continuaron y estupefactos los españoles vieron como parecía levantarse hojarasca al ser hollada por pies invisibles, en ese momento se dejó sentir la presencia de aquel ser y se escuchó su lastimero llanto. En ese momento ocurrió un fenómeno misterioso e inexplicable, pues algo se interpuso entre la visión de los españoles y el farol, no era un ser denso, pero proyectó su sombra contra las mismas sombras de la casona ruinosa y renegrida; aquellos hombres quedaron atónitos y después discutieron los hechos preguntándose porque aquella alma en pena no podía cruzar la puerta.
Día tras día, noche tras noche los lamentos dolorosos continuaron perturbando el bosque y la salud del pequeño Ambrosio cada día era más precaria; llegó la situación a tal punto que pasadas varias noches su salud se agravó, y temiendo por la vida de su vástago, pidió con urgencia don Eulogio a su mujer hacer lo necesario . Momentos más tarde llegó el doctor con gray Ezequiel de Alonso, un viejo franciscano del templo de San Antonio, y el español desesperado imploró al fraile cuanto le fue posible para que salvara la atormentada alma de su pequeño. El religioso se quedó a solas con el niño para escuchar su confesión, esta la hizo con mucha lucidez a pesar de la fiebre que no cedía y con lujo de detalle le relató al religioso sobre los macabros acontecimientos del bosque. Minutos más tarde salió el fraile, dirigiéndose a don Eulogio y al doctor que aguadaban les dijo que el pequeño se encontraba muy mal, sin embargo sabía el remedio para esta situación; así que el religioso les dio la instrucción a los españoles de que prepararan antorchas y faroles y acto seguido se dirigieron al bosque.
Aquella extraña comitiva que iba a luchar con un fantasma se internó en el bosque rumbo a la casa quemada, y una vez que llegaron colocaron los faroles sobre las escaleras, uno de cada lado y las antorchas fueron colocadas a lo largo del camino que recorría la doliente alma. Los tres hombres se quedaron aguardando la aparición del fenómeno y los criados se marcharon; poco antes de la media noche se escuchó el susurro y los gemidos dolorosos, y acto seguido el fraile se precipitó hacia la entrada de la casa mientras se dejaban escuchar los pasos y el arrastrar de algo sobre la hojarasca, entonces sonaron los gemidos y ante el asombro del doctor y don Eulogio, el fraile comenzó a hablar hacia el viento del bosque implorando al Señor que se llevara consigo a aquellas almas a su eterna morada y permitiera que aquella puerta se abriera.
Se escucharon pasos sobre los escalones y el hollar de la hierba cerca de la puerta, luego se materializó “aquello” al pasar por delante de los faroles colocados en el interior, cuyas flamas vacilaban y “aquello” se interpuso entre la escalera y el cura: ¡un ser de ultratumba!; después sin ningún motivo las antorchas y faroles se apagaron, y en medio de la oscuridad se vieron dos figuras espectrales horrorosas, después solamente se escuchó la voz del fraile que decía: “Dios sea bendito y alabado. ¡Juan, quedáis con vuestra madre!”.
En aquel momento se encendieron nuevamente y solos, los faroles y antorchas, sopló un viento fresco y todo pareció volver a la normalidad; y aún tembloroso por la emoción pasada, el religioso regresó ante los asustados caballeros y momentos más tarde los tres actores de estos hechos sobrenaturales estuvieron en la casa de don Eulogio, el espectáculo ultraterreno aún los tenía sobrecogidos.
El fraile les relató a los españoles sobre aquellas almas atormentadas que conoció en vida: se trataba de un mozuelo que abandonó a su madre por irse en pos de una mítica aventura, y el chico que llevara en vida el nombre de Juan Henriquez de Pineda, deslumbrado por relatos de viejos soldados se marchó en busca de siete ciudades de oro perdidas, y en vano suplicó su viuda madre para que no la dejara en el desamparo, pero él se marchó dejándola sumida en un amargo llanto. Una noche según se dice, de manera accidental y otros dicen que fue provocado, la casona tomó fuego y la madre de Juan nada hizo por apagar las llamas, ni pedir auxilio, pues se dejó morir en aquella hornaza y de aquella casa amplia y alegre solo quedaron ruinas humeantes, renegridas y en silencio; más tarde se supo que el muchacho había muerto ¡quemado! en su malhadada aventura, pero finalmente su alma encontró el descanso eterno al lado de su madre. En esos momentos la madre del niño Ambrosio entró feliz a comunicarles que este ya no tenía fiebre, todos se regocijaron con la buena nueva. Don Eulogio días más tarde cambióse de casa y de rumbo por aquello de las dudas.
Fray Alonso, en su celda del templo de San Antonio escribió sobre este suceso sobrenatural, pero habiendo sido más tarde del conocimiento del vulgo se desató una avalancha de testimonios de gentes que aseguraban haberse topado con los espectros de la casa quemada, pero así como hubo dichos de gente grosera y a leguas mentirosa, también se registraron otros de personas serias e insospechables. Hay tesis de que este tipo de fenómenos suelen repetirse; así que cuando dirijan sus pasos por ese rumbo, cuídense de toparse con esas almas en pena.

domingo, 21 de abril de 2013

La educación en Nueva España


Fray Pedro de Gante
 Después de que los conquistadores armados sometieran al pueblo mexica el 13 de octubre de 1521, llegaron los conquistadores de almas: los misioneros. Ni tardo ni perezoso, Hernán Cortés manda traer frailes para la evangelización de los naturales. En 1523 llegan tres religiosos franciscanos: dos eclesiásticos, Johann Vanden Auwera y Johann Dekkers, cuyos nombres españolizados eran fray Juan de Tecto  y fray Juan de Ahora, y el lego Pierre de Gand, conocido como gray Pedro de Gante. Los tres pertenecían al convento de San Francisco de la ciudad de gante.
Fray Pedro de Gante empeñó todos sus esfuerzos en evangelizar a los naturales, lo que lo llevó primero a Tezcoco, debido a que México – Tenochtitlán permanecía aún en ruinas; allí enseñó a leer y escribir, a cantar y tocar instrumentos musicales, sin descuidar la predicación de la doctrina. Cabe destacar, que el religioso merece un lugar preferente entre los educadores, porque fue el primero en establecer un colegio para instruir a los indios y por haber fundado el primer colegio de América.
Es probable este personaje haya sido el primer fraile que se dio cuenta de que en la enseñanza debía ponerse más atención a los niños, y por tal decidió levantar una escuela a la que asistían  los hijos de los señores. Más tarde les enseñaría a pintar imágenes y a tallar retablos para los templos; a otros se les enseñó los oficios como de cantero, carpintero, sastre, zapatero o herrero, entre otros menesteres.  Aprendió la lengua mexicana de tal manera, que la hablaba como si el también fuese un indígena. Instituyó cofradías y fue autor de una suntuosa capilla, San José de los Naturales, a espaldas del convento de San Francisco, de la Ciudad de México; edificó también otras iglesias más.
En el convento de San Francisco fundó una escuela, de la que se dice llegó a tener mil alumnos, que fue también de primeras letras, industrias y bellas artes, adquiriendo por lo tanto un carácter más bien de escuela normal, pues de ella salían los indígenas que difundían lo aprendido en otros pueblos. Otro punto a destacar es la enseñanza del latín.
El religioso mostró siempre un gran amor por los indígenas y una entrega total a su labor evangélica, al grado de escribir cartas a frailes flamencos para que le ayudasen en su misión. Grande fue también el amor que los indígenas le manifestaron, y su muerte fue muy sentida por todos ellos; siendo sepultado en la capilla de San José de los Naturales.
En los cincuenta años que fray Pedro de Gante pasó en la Nueva España, adquirió una gran influencia tanto el a población indígena, como entre los frailes, sus hermanos de orden y la población española; a tal grado fue, que el segundo arzobispo fray Alonso de Montúfar de la orden de Predicadores, llegaría a decir: “Yo no soy arzobispo de México, soy fray Pedro de Gante”.

Las Escuelas
Las escuelas en donde se les impartía a los niños los conocimientos básicos para que pudieran desenvolverse en la sociedad de aquella época, mejor conocidas como primarias, no nacerían hasta muchos años de después de consumada la conquista, sino hasta el siglo XVI. ¿Por qué?
  1. Cuando llegaron los frailes a tierras mexicanas, lo que menos les importaba era tener un pueblo culto e ilustrado, sino más bien devoto; para tal fin bastaba con que aprendieran la doctrina cristiana y las oraciones que forman el credo y la práctica de la religión católica.
  2. Se les enseñaba a rezar y a cantar las alabanzas en el colegio de San Francisco y a trabajar en los oficios necesarios para el fomento del culto, como construir capillas, labrar la cantera, tallar la madera, bordar ornamentos, pintar los retablos y a entonar en latín las respuestas de los oficios litúrgicos. Un ejemplo claro lo tenemos en el colegio de San Juan de Letrán, en donde se les instruía en el arte de saber pedir limosnas y enterrar muertos; en el de Santiago de Tlatelolco se recibían alumnos de la nobleza indígena.

Los grupos de alumnos en un principio eran muy pequeños y por lo general las clases se impartían a domicilio; por lo general los profesores eran capellanes o frailes que aceptaban el cargo, sin que este constituyera una profesión seria.
Con el paso de los años, fue aumentando la población de criollos y mestizos, que sentían la necesidad de instruirse y prepararse intelectualmente para el buen desempeño de sus profesiones, administración de bienes y comercios. El aspecto social y económico del país estaba cambiando, iba adquiriendo una instrucción más amplia y difundida, las enseñanzas literarias empezaban a resultar poco prácticas, se necesitaba más bien instrucciones para poder afrontar las situaciones de la vida cotidiana.
Esta necesidad hizo que se fueran abriendo en la segunda mitad del siglo de la conquista (XVI), algunas escuelas particulares en las principales ciudades de la colonia. Los colegios eran instalados en las propias casas de los profesores, quienes con el pago de una cuota semanal les daban clases.

Las Ordenanzas
El 9 de octubre de 1600 se expidieron en México las Ordenanzas paras las escuelas primarias, con las que se pretendía normalizar el ejercicio de la profesión de maestro y el funcionamiento de los planteles existentes en la ciudad. Establecían lo siguiente:
  • Un requisito primordial era la pureza de sangre, es decir, que el individuo probara no ser negro, ni mulato, ni indio. Solamente español.
  • Tener sanas costumbres y vida arreglada.
  • Los aspirantes a profesores a presentar una prueba en la que los ponían a leer y escribir con diferentes tipos de escrituras y las operaciones aritméticas más básicas.
  • Al maestro que abriera una escuela sin tener la aprobación,  era castigado con la clausura del lugar y con una multa de veinte pesos de oro común.
  • Por la mañana se debía rezar en todas las escuelas y por la tarde se les enseñaran las sumas, restas, multiplicaciones y divisiones; algunos días los alumnos debía de ir a ayudar a las misas, y un día a la semana que el maestro eligiera, hacerles exámenes sobre la Doctrina Cristiana.
  • La distancia entre cada escuela debía de ser de al menos dos cuadras.

Las Ordenanzas se enfocaron a que la educación fuera religiosa por excelencia; nada se menciona del aprendizaje de la escritura, la lectura y los métodos para transmitir eficazmente los conocimientos. Estas normatividades continuaron vigentes por más de un siglo, tal como las había aprobado el conde de Monterrey, pues en el año de 1709, el Maestro Mayor, don Manuel de Meraz, y los Veedores del Arte, don Domingo Fernández de Otero y Francisco Javier de Ariza y Valdés, decían la virrey que ya era tiempo de que se prohibiera a las casta e indígenas el ejercicio de la profesión, pues decían que era un mal ejemplo para los niños.  


domingo, 14 de abril de 2013

El fantasma de la monja atormentada




“Maldito aquel que revelare lo que en estos documentos contenido. Su indiscreción le causará la muerte… Santa Inquisición. Tribunal del Santo Oficio. Año e 1576”. Bajo la más terrible pena de muerte se ha guardado durante varios siglos este secreto hasta hora inviolado. ¿Qué misterio oculto bajo el sello temible de la Santa Inquisición, contienen estos pergaminos que no pudieron revelarse? Para conocer el gran misterio sobre este temible sucedido, es preciso retroceder al siglo XVI.
Estamos en España en el año en gracia de 1569, durante el cruel reinado del rey Felipe II, a quien todos tenían por descreído  o alejado de la iglesia, daba terribles muestras de fe; y esta fe se traducía en castigos horrendos  a herejes y en instalaciones, siniestras para castigar y torturar incrédulos. En aquella época vivía el religioso fray Pedro Moya de Contreras, a quien siempre molestaban por ser el cuñado del rey, pues teniendo a un pariente tan influyente se preguntaban por qué no le pedía el cargo de Obispo; por lo general siempre eran grupos de borrachitos que armados de valor con el licor,  le decían de todo al santo varón.  Como era costumbre, fray Pedro se alejaba lleno de indignación, dejando en paz a las banditas de bebedores.
Se decía que una hermana del religioso había tenido amores con el rey Felipe II, de los cuáles había nacido una niña;  al principio eran solo simples rumores, pero con el paso de los años se convirtieron en una certeza, por lo que la gente lo comentaba ya convencida, y a medida que pasaba el tiempo, las hablillas se multiplicaron al por mayor. Se dice que cansado de tantas burlas de clérigos y gente, fray Pedro Moya de Contreras fue a ver al rey Felipe II, y lo que ahí se dijo no queda nada para comprobarse, más por lógica podemos deducir que el religioso le reclamó al monarca su proceder; nadie fue testigo de semejante entrevista, y lo que respondió su majestad al fraile solo hablan los hechos posteriores.  Por órdenes del rey, fray Pedro ayudó a la fundación de los Santos Tribunales, dejando instalados monstruosos aparatos de tortura para castigar a los incrédulos e irreverentes, comprobando el mismo las formas inhumanas de castigo.
Se dice que la presión moral del religioso no cesaba ante el rey Felipe, así un día se salió con la suya y logró que fuera nombrado el primer Inquisidor de la Nueva España, también la iglesia lo eleva al rango de Arzobispo; días más tarde el religioso es enviado a la Nueva España en el galeón hispano “San Honorio”, buena estrategia del rey para mantenerlo lejos de tierras europeas.
Fray Pedro llega a la Villa Rica de la Veracruz en 1570, acontecimiento que fue pregonado por todo lo alto; se anunció siete veces por las calles de la capital, yendo en la comitiva el alguacil mayor del Santo Oficio Francisco Verdugo de Bazán, el Secretario Pedro de los Ríos, el Receptor Pedro de Arriara y Gaspar Salvago, Silvestre Espíndola y Juan Saavedra como testigos. A petición del  Inquisidor General fray Pedro, el virrey don Martín Enrique de Almanza ordenó a los dominicos cedieran un edificio, entonces se hicieron los arreglos necesarios y se instaló en el inmueble la tan temida Santa Inquisición, que aún podemos ver hoy en día. El funcionamiento del tribunal de la fe comenzó a funcionar de acuerdo con las instrucciones dictadas por fray Tomás de Torquemada; dicho tribunal se hizo temible, porque la víctima nunca sabía quién le acusaba y quienes eran los testigos, pues todo se hacía en el más absoluto de los secretos. El Inquisidor Mayor daba los tormentos y después de lograr la confesión, entregaba al reo convicto al brazo secular; y fue precisamente durante el tiempo que permaneció en tan temible cargo, que fray Pedro pensó en ejercer siniestra venganza en contra de quien había manchado su honra, el problema era que se trataba del rey; al no poder desquitarse con el entonces decide descargar toda su ira en contra del fruto del pecado: su sobrina.
El religioso manda llamar a los miembros del santo tribunal para darles la orden de que apresaran a los herejes, hechiceros, relapsos e irreverentes; así cumplía con las ordenes de rey y después cuando menos se diera cuenta, ejercería su espantosa venganza. Más si su cargo de Inquisidor le dictaba cometer severos castigos y tormentos, como arzobispo solía recatarse un poco; sin embargo,  entre esas pasiones contrarias se levantaba el pecado de su hermana, que él consideraba su mayor deshonra. Tres años después, en 1573, fray Moya hacía sentir su odio y la crueldad del santo tribunal, y ahora a los condenados se les iba a ejecutar en el primer y más monstruoso acto de fe que se guarde memoria; uno a uno durante toda  la noche y el día siguiente, fueron ardiendo aquellos herejes, ¡hasta acabar achicharrados los 73 reos!
Enfermo de crueldad y puesto su poder de manifiesto, noches más tarde pone en marcha su siniestro plan, mandando a alguien de su confianza para que secuestrara a su sobrina en Sevilla España, y pobre del infeliz si era descubierto porque iba a sentir la ira del ofendido. Una vez que la joven pisó tierras mexicanas, su vida comenzó a ser un verdadero infierno, pues su malvado tío la utilizaba para probar cada tormento diabólico que su enferma cabeza urdía; pero la diversión le duraría poco, ya que noches más tarde fue conducido a la celda de su infeliz sobrina, quien ya debilitada y enferma no podía resistir una tortura más, entonces su tío decide meterla de novicia en el convento de Jesús María, y le ordena a la madre superiora que una vez curada, debía obligarla a flagelarse, ayunar y disciplinarse con dureza. La casi moribunda muchacha fue conducida al monasterio por un túnel secreto.
En cuanto se repuso la joven, las monjas entraron en acción, ordenándole que debía disciplinarse hasta sangrar antes de cada alimento y al acostarse, obediente y sumisa comienza su cruel castigo; pero eso no era todo el tomento para la pobre muchacha, pues a su tío no le parecía suficiente, entonces decide mandarla traer cada martes y viernes a través de secretos túneles (que se pusieron al descubierto con las excavaciones del metro), conducían a la infeliz hasta cierto lugar. Al llegar la recibían silenciosos encapuchados que se hacían cargo de la desdichada novicia, cantaban extrañas letanías y se alejaban a través de los extensos túneles que corrían por debajo de la ciudad, hasta que al fin llegaban a la tenebrosa cámara de torturas de la Inquisición. La inocente doncella parecía no resistir más tormento. Allí la entregaban al verdugo, que debía de continuar con el cruel tormento a quien según el tío consideraba el fruto de un pecado; y no contento con eso, el perverso observaba los tormentos a su sobrina  a través de una cerrada celosía. Después la desdichada novicia era regresada a su convento, siguiendo los mismos túneles secretos. Al fin, la noche del 9 de agosto de 1578, terminó el martirio de la hija de Felipe II y la hermana del primer inquisidor; la joven muere sin nunca saber que pecado tan terrible había cometido  para ser castigada de una manera tal cruel y despiadada.
Meses después aquella novicia muerta, cuyo nombre no registró el libro del convento, comenzó a vagar por los jardines lanzando al aire quieto y agorero sus más tristes lamentos, causando el espanto entre las monjas que le vieron, y estas sabían perfectamente que era la religiosa muerta en pecado y tortura. Años después la tristísima figura de la monja salió de los muros conventuales y se lanzó a la calle con todo y sus desgarradores lamentos que erizaban los cabellos hasta al más valiente; en poco tiempo el vulgo la bautizó como “La monja atormentada”.
Durante muchos años la fantasmal novicia vagó por lo que hoy es esquina de Correo Mayor y Moneda; después, lanzando su doliente queja avanzó  hasta la esquina del Palacio Virreinal, y se situaba ante la puerta cerrada. El motivo por el cuál llegaba el fantasma hasta aquel lugar, no era otro, según creyó la gente, que el de ir en busca de su tío, pues ya en 1584 había sido nombrado el arzobispo Pedro Moya de Contreras, sexto virrey de la Nueva España. El fantasma doliente permanecía  allí hasta pasada la media noche, después regresaba a su convento, pero aunque la monja atormentada no salía a gemir todas noches, la gente rehuía pasar por la Plaza Mayor; y tanto dio el vulgo en asegurar que el espectro  iba en busca del virrey, que se tomaron cartas en el asunto enviando una comisión eclesiástica  y palaciega para que hablara con fray Pedro Moya de Contreras, quien después de dialogar con ellos, decide enfrentar al fantasma al día siguiente en punto de las doce de la noche, para así devolver la paz a la Nueva España.
A nadie extrañó  que se levantara a toda prisa un templete frente al Palacio Virreinal, el cual quedó terminado sin que la gente supiera los fines para los que fue construido, pues todo era secreto en esos días. La noche del 9 de junio, muy cerca de la medianoche salió de Palacio fray Moya de Contreras y su extraña comitiva, quienes llevaba un crucifijo, estandartes y reliquias para exorcizar trasgos, fantasmas y demonios; la plaza  estaba solitaria y la noche tranquila y tibia, el grupo se dirige al templete para tomar asientos cada uno en su respectivo lugar, acto seguido comenzaron a elevar plegarias a Dios mientras aguardaban la hora indicada, pero no paso mucho tiempo cuando estalló un grito espeluznante que llenó de pavor sus corazones: la macabra monja se había hecho presente para lanzar sus gritos dolientes. De acuerdo  con los cánones religiosos, fray Moya de Contreras invocó a la muerta, y para asombro de todos, la monja respondió en verso, en donde le imploraba que quería dejar de penar en este mundo; el virrey  atemorizado no pudo articular palabras en forma de verso, y  sin que nadie pudiera impedirlo, se arrojó a los pies de aquel fantasma para implorarle perdón con lágrimas en los ojos. Varios minutos permaneció  allí el religioso, sobre el suelo  de la Plaza Mayor, hasta que al fin los frailes y oidores se atrevieron a levantarlo.
El virrey declaró en el Legajo de una Causa Triste del Santo Oficio todo lo acontecido aquella noche, así como también la identidad de la monja; dicho documento fue sellado con lacre y cayó la maldición sobre quien revelase aquel secreto, más aún sucedido histórico, debe salir a la luz.